Fogata y arcoíris

Tiene la gracia de parecer de otra tierra, de otro mundo, con una historia distinta, más compleja, más elaborada que otras. Tiene contenido. Tiene ese sueño en la mirada; un sueño distinto al suyo, pero qué más da. Ambos, radicales, se niegan a la vida que muchos aspiran. Ambicionan una trama distinta.

Nos juntamos en casa siempre que podemos, a la hora que se nos antoja. Yo acostumbro a llamarla de madrugada y ella no tarda ni medio segundo en teletransportarse sobre mi cama. Y aunque nos debemos el uno al otro, tenemos en claro el concepto de soledad. Ella sabe muy bien cuánto disfruto de su ausencia: casi lo mismo que estar con ella.

A veces se despiertan cuando está cayendo el sol y para aprovechar los últimos rayos que entran por la ventana, Sigue leyendo

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Voces

Las vacas mugen.
Los caballos relinchan.
Las gallinas cacarean.
La lluvia llovizna.
El cielo brama.
Los relámpagos relampaguean.
Los nervios tensan.
La piel se eriza.
La tempestad cae de lleno sobre la granja.
Los granizos balean la cosecha.
La noche clama. Sigue leyendo

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7 cuadras

Me llamó para invitarme con una picada de quesos y unos tragos de fernet. Por aquella época ella vivía a unas 7 cuadras de casa así que en no más de media hora, los dos primeros hielos cayeron en el vaso. Eran eso de las 7 de la tarde y la noche recién comenzaba a asomar.

Entre charla y charla el tiempo se fue volando y cuando quise darme cuenta las agujas se alinearon con firmeza amenazante. —XII —sentenciaba el reloj.

Al día siguiente tenía que levantarme temprano y necesitaba volver a casa, pero el tiempo que iba a dormir no era lo que me preocupaba. Nuestro barrio es tranquilo, sí, pero solo de día; y caminar esas 7 cuadras a la medianoche ameritaba ciertas precauciones.

Aun así me le animé al periplo. Recuerdo con detalles los pesares de aquel viaje. Regresé a casa 7 años después con la barba larga hasta el pecho, una cicatriz surcándome la espalda y un corazón que nunca más volvió a sanar.

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Mañanas en silencio

Se levantan de la cama los dos juntos al sonar el despertador. No se dicen nada, no se saludan con un buen día, no intercambian ningún comentario sobre el clima. Desayunan y continúan sin hablar. No hay otro ruido en el ambiente más que el sonido del ambiente mismo.

El segundero del reloj de pared, el insistente murmullo del motor de la heladera, un par de mandíbulas masticando las tostadas crujientes.

Se son indiferentes, ambos, como si ninguno de ellos existiese. —Creo que ya es hora de que nos separemos— propone el más pálido de los dos fantasmas.

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Mi último funeral

Tenía 35 años y mis padres ya habían organizado tres funerales en mi honor. Tres veces había muerto, pero tres también era el número de mis resurrecciones.

Aquel día en el hospital —mientras me apagaba lentamente a causa de la ausencia de sangre— contabilizaba la tercera de mis muertes. Aún así, la situación no me preocupaba. Tenía cierta certeza de que al siguiente día resucitaría tal como lo había hecho las dos veces anteriores.

Desperté, abrí los ojos y habiendo recordado las experiencias anteriores, preferí anunciar mi vuelta a la vida con un movimiento lento, sutil, tirando a desganado, tratando de no espantar a nadie.

La primera muerte la sufrí en el fondo de la pileta de un amigo a los 5 años de edad. Sigue leyendo

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Una muerte sobre el papel

Me senté a escribir de nuevo a los dos años de su muerte. Las últimas palabras que estaban registradas en mi diario me recordaban como el culpable.

«A veces deseo que Cecilia se muera, y a veces tengo miedo de que mis deseos se cumplan», decía la anotación del 14 de abril. Falleció ese mismo día y luego de su entierro, archivé mi diario en el cajón del escritorio de mi despacho.

La casa quedó vacía y ya no hizo falta que yo me recluyera en el cuarto donde me encerraba a trabajar.

Hacía tres años que guardaba la religiosa costumbre de registrar, de vez en cuando, algunas cosas en papel. Sentimientos, momentos tristes, recuerdos alegres, sucesos importantes; aquello que a mi juicio resultara trascendente para mi vida, lo plasmaba en mis cuadernos.

Cecilia respetaba mi espacio. Siempre lo había hecho y nunca se hubiera atrevido a invadirlo así como yo nunca hubiese preguntado sobre su pasado. Sigue leyendo

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El adiestramiento del Rosario

Tal como me lo había ordenado Sor Alfonsina, arrodillado sobre granos de maíz soporté el rezo de un Rosario completo. Los pinchazos de los maíces sobre la rodilla comenzaron a molestarme ni bien empezó el Credo. Aunque doloroso, al principio fue tolerable. Luego siguieron el primer Padre Nuestro y los tres Ave María. Gloria. Oh Jesús Mío. Habiendo terminado el Primer Misterio del largo proceso que quedaba por delante, sentía que mi piel estaba a punto de agujerearse.

Con las manos temblando de dolor y los ojos brillosos de sufrimiento, junto con el grupo de pupilos comenzamos el Segundo Misterio. Sentía que cada vez rezaban más lento, como si los hijos de puta lo estuvieran haciendo a propósito para cagarse de risa después. Terminó el Padre Nuestro y le siguió el racimo de Ave María. Una, dos, tres. Diez en total. Sigue leyendo

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Hartazgo

—Vení, vamos para casa y seguimos hablando de Márquez con unos mates de por medio —propuse, y al notar que le daba cierta vergüenza, tuve que insistir—: Dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… dale… Sigue leyendo

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El Padre Arguinelli – 3ª entrega

Esta es la última entrega de «El Padre Arguinelli».
Ver la Primera Entrega.
Ver la Segunda Entrega.

Al comienzo de la misa estaba la «Zapatería Mondiale», del viejo Mondiale que además de vender calzados de todas las marcas y precios, también era un zapatero de los de antes que no te dejaba zapato sin arreglar. Luego la gente se sentaba, se paraba, se arrodillaba, se volvía a sentar, a arrodillarse, a pararse y así sucesivamente; pero esos movimientos incómodos para los cristianos de huesos más débiles y cansados, habían sido solucionados por Oscar, el de la mueblería «La Gallega», quien había intervenido todos los bancos con cómodos colchones para apoyar el traste y las rodillas. A cambio, el Padre Arguinelli colocó el logo de la mueblería en cada uno de los bancos y lo incluyó en el Newsletter que estaba por sacar.

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Publicación green – Recopilación de vampiros

Esto, mis queridos lectores, es lo que significa “exprimir una idea”. Aprendamos, todos, lo importante de tener conciencia sobre el reciclaje. Bienvenidos a la publicación green, en donde los entregas del pasado, toman una nueva forma.

Acá los dejo con una recopilación de vampiros:
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